viernes, 19 de junio de 2009

II parte de "esas vueltas de la vida"




luego le propinó una sonrisa con bastantes emociones. Mucho dolor, recuerdos, aroma a pasado florecieron en su rostro. Sacudió la cabeza y le respondió la interrogante.


- No Alfonso, yo ya no te quiero. Te olvidé por completo- mintió- Así que puedes hacer tu vida con quien quieras- repuso mientras miraba disimuladamente a Mariela- no te preocupes, las heridas con el tiempo sanan, pero que va, tú nunca te interesaste en mi dolor, ¿Cierto?, ya no es tu problema.


- Se nota que aún me quieres Lucía. Sólo que yo era demasiado bueno para tí. Es mejor así. Puedo disfrutar de muchas cosas mejores en la vida.- Una expresión de orgullo, vanidad y desprecio asomó en su rostro con los ojos ardientes de júbilo, llenos de argumentos y de autoestima demasiado elevada.


- Quédate con tus opiniones irrazonables. Bueno, me tengo que ir, adiós Alfonso. Espero que sea la última vez que nos veamos.


- No me digas adiós, muñeca, sabes que volveras de rodillas a mi, como un perro. Pero tu me desechaste y nunca demostraste nada "concreto". Tengo muchas más oportunidades que tú.


- Vete al diablo- masculló entre dientes Lucía y se fue caminando más lento de lo que venía. Escuchó unas risas detrás de ella, pero no tomó en cuenta la crueldad ni la inocencia disfrazada de Alfonso. Sabía que la vida tenía muchas vueltas. Para ella ya había sido demasiado sufrimiento, ya no podía más. Los resentimientos de su ex, aún no los olvidaba. Pero no es que lo siguiera amando, a un ser tan despreciable y frío como él, no se le era posible seguir queriendo. Pero no podía olvidar las heridas, el dolor, esa úlcera que atormentaba sus entañas día a día, que estaban pegadas a la escencia de su ser, como si hubiera nacido de ahí. Reflexionó durante bastantes horas el tema, hasta que llegó a la misma conclusión de siempre. Alfonso era un idiota, no cambiaría jamás, por nadie ni si quiera por amor. Las últimas palabras del chico, confirmaron una vez más su estupidez y su falta de neuronas en su pequeño cerebro. No porque ella no haya querido tener relaciones de grados más altos, iba a significar que no lo quisiera. Ella lo quiso más que a nadie en el mundo, en ese entonces, sentía que tanto sacrificio tanto adorar a un ser humano, era inútil. Sonrió para sus adentros con dolor, dándose cuenta de lo tonta que fue al no percatarse de que lo único que quería Alfonso era sexo, maltrato de su parte, que hicieran su voluntad: Lucía, daba gracias a Dios ahora por haber tomado la decisión de alejarse de él, de terminar con el demonio en persona. La lástima que alguna vez pudo inspirarle, era lo único que quedaba ahora. Pero en estos momentos se trataba de la pena que sentía por su estupidez, su idiotez, su bajo rango como persona. Acompañado de odio, ira y dolor, habitaban su corazón.


Se bajó en un paradero cerca de su casa. Pasó su vecino, Roberto muy cerca de ella, casi rozándole la mano.


"Era seis años mayor que ella, practicamente lo veía como un
adulto y ella se sentía como una niña de sala cuna frente a su imponente
personalidad. Irradiaba solemnidad."


Tal vez era su madurez, o era especial, pero siempre daba la sensación de que estabas hablando con alguien de diferente grado tuyo, o simplemente anormal en el buen sentido de la palabra. Lo saludó con un asentimiento con la cabeza, procurando que no notara lo rojo de sus ojos. No sabía si se trataba más bien de la ira, del odio o de las lágrimas. Roberto la quedó mirando durante unos segundos, observó su cuerpo tembloroso por la reciente situación, su pelo negro desordenado sensualmente por el aire que corría y sus ojos con lágrimas casi invisibles. Luego respondió el saludo algo confundido, por la belleza que acababa de encontrar, recién ahora, a la pequeña niña que conocía desde los seis años.




Lucía también sintió una rara emoción. Sintió que los colores se le subían al rostro y que había dejado de temblar y de llorar. "Este hombre tiene algo mágico", pensó para sus adentros.


Llegó a su casa y afortunadamente su padre no se dio cuenta de nada, debido a la mirada del hombre que vio cuando se bajo del micro.


- Lucía ¿me pudes decir donde andabas?- Reclamó su padre indignado por el atraso de la niña- Ya iba a llamar a los policías para que me ayudaran a encontarte.


-Papá, no te alarmes. Sólo quería visitar mi colegio antiguo y ver a mis amigas. Sabes que las extraño mucho.- Explicó con calma, rara vez lo hacía.- Además, ¿Qué podría pasarme en un recinto cerrado?


- ¡¿Qué que podría pasarte?! COMO NO TE ACUERDAS DEL IMBÉCIL QUE EL AÑO PASADO TE DEJO CASI MURIÉNDOTE DE LA PENA A LAS AFUERAS DE SU CASA, SIN NADIE QUE PUDIERA IR A SOCORRERTE DE LAS LÁGRIMAS NI DE LAS HERIDAS QUE SUFRISTE CUANDO TE ECHÓ DE SU CASA. - Le recordó su padre. Era verdad, el día en que terminaron estaban en su casa y a Alfonso se le estaba pasando la mano en el dormitorio. Entonces Lucía se alteró y le propinó unas bofetadas y unos gritos, diciendo que ya estaba cansada. Alfonso la tomó fuertemen de un brazó y casi la tira por la escalera, tomó su mochila, la tiró al pavimento afuera del hogar y luego la lanzó contra el piso de cemento gritándole que no le servía para nada y que no era lo suficiente para él. Lucía recordó como dolor esos momentos en su mente y luego desaparecieron como había hecho en sus auto terapías propias para olvidar recientemente.


- Ya lo sé papá, lo siento- Además de los recuerdos, le dolían bastante los gritos de su padre y su devalorización que a veces expresaba con su hija. El hombre, exhausto por los gritos, se sentó en el viejo sillón de cuerina y respiró profundo. - Hija, sólo quiero que no te vuelvan a dañar. Sabes que no lo soportó. Eres el único recuerdo que tengo de tu madre y no quiero perderte, tesoro.- Añadió en tono de disculpa. A pesar de las peleas o discusiones con él, Lucía sabía que tampoco podría vivir sin su progenitor. Era todo lo que tenía y también todo lo que le quedaba de su madre. Lo amaba con ese calor de hija única, que si lo hubiera perdido habría perdido también todas las razones de vivir. Era el único hombre, en su opinión hasta ahora, que merecía el cielo. Sebastían, su padre, le acarició la mejilla y luego le dio un tierno beso en la frente.


- Yo también te quiero papá- Le dijo Lucía corriendo escaleras arriba para que no la viese llorar.


Se miró en el gran espejo de la habitación, diez minutos después. Limipió sus ojos de las lágrimas y se peinó el cabello.


- Me las vas a pagar Alfonso, juro que me las vas a pagar- Y las lágrimas volvieron a brotar sin permiso.


CONTINUARÁ...

3 comentarios:

  1. esta xvr la hiztoria........... felicitaciones.... me encanto...sabes tienes talento para esto... estoi esperando a que publiques la siguiente parte de la histora esta preciosa.......... sige asi!

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